Llenos de vida: de padres e hijos

foto entrada millenial

“Vivían en tranquila soledad, leían el Sacramento Bee y escuchaban la radio, recogían huevos y rastrillaban el patio, casi sesentones ya, pendientes del cartero, que ya no les atemorizaba con recibos y facturas y que sólo se acercaba muy de tarde en tarde con noticias de los hijos que se fueron”.

Así los padres del protagonista de la novela de John Fante, “Llenos de vida”. Jubilados, retirados, con la vida resuelta y con las preocupaciones propias de unos progenitores de cuatro hijos adultos que han creado sus propias familias y que andan por la vida con su propia historia. En este libro, el autor utiliza su propia biografía para crear un alter ego con su mismo nombre y con una historia paralela: un novelista de éxito a los 30 años que aterriza en el Hollywood de los años 50 y desarrolla una carrera tan fulgurante como su vida personal: tiene a Joyce, una joven y bella esposa embarazada, una casa recién comprada en Los Ángeles, martinis, ropa cara y fiestas. Es la década del arranque delamerican way of life. Un buen día, todo ese glamour, esa vida cómoda e indolente se ve interrumpida por un accidente doméstico: el suelo de la cocina se hunde bajo los pies de Joyce por culpa de las termitas voraces de California. Un auténtico desastre en el domicilio perfecto de una pareja perfecta con un abultado presupuesto de reparación: 4.000 dólares de la época.

John y Joyce se agobian. John trabaja para la Paramount, pero con el ritmo de vida que llevan no ahorran. Joyce está al final de su embarazo y ha decidido convertirse al catolicismo. Estudia el Catecismo, la vida de los santos y libros de futura mamá sobre las pautas de comportamiento de los bebés. ¿Y a quién recurren para solucionar este problema doméstico y económico? Al padre de John, Nick Fante. Emigrante italiano, obrero jubilado, gruñón y sentimental que reparará el suelo de la cocina gratis. Como muchos, John Fante, a pesar de ser un adulto acude a sus padres, vuelve a la casa de su infancia y se reencuentra con unos padres que siguen pensado en él como un niño. John sabe que le caerá la bronca de su padre por haber comparado una porquería de casa americana en Los Angeles, cuando lo que debía haber hecho es construir una casa con sus propias manos, cerca de la suya para que los nietos que debería darle en cantidades industriales, jueguen en su jardín.

“Era muy fácil hablar con ella; se esforzaba por comprender incluso lo que no entendía. Me senté con ella y le expuse todo el asunto de la casa de Los Ángeles. No oí reproches; no emitió ningún suspiro, no chascó la lengua, no me sermoneó con lo que debería haber hecho. Peló guisantes y escuchó en silencio mientras le contaba por qué estaba en San Juan y, que dadas las circunstancias, tenía miedo de decirle a mi padre que ya era propietario de una casa.- Yo se lo diré. No te preocupes por eso.”

Sólo una madre puede ayudar a hacer frente en ese trago. John desaparece unas horas de casa y deja a su madre sola ante un marido que se lo va a tomar fatal y que después de expresarle a su hijo su disgusto y sus reproches tras una borrachera, accederá a acompañarlo de vuelta a casa para arreglarle el suelo. Para echarle una mano. Porque es su obligación como padre. Y porque va a encontrar la oportunidad perfecta para hacerle ver que los jóvenes no saben vivir, ni trabajar, ni ahorrar. Que las cosas en su época era más duras y que en el fondo es un botarate al que le va a tener que leer la cartilla. Y así empieza un viaje y unas jornadas estrambóticas.

Un viaje en tren en el que el padre hará evidente su contrariedad delante de los pasajeros y personal del vagón por el comportamiento y las costumbres de su hijo. El padre Fante combustionará sin límite al ver cómo John malgasta dólares en propinas a los mozos del tren y en carreras de taxi desde la estación a casa. Padre e hijo harán parar al conductor del taxi en una carretera de Los Ángeles, a pleno sol, para recorrer los tres kilómetros que quedan para llegar a casa, porque al padre se le acelera el pulso peligrosamente con cada variación del taxímetro. Porque a lo largo de su vida se ha repetido una máxima: ‘centavo ahorrado, centavo ganado’.

“Tenía 100 dólares en la billetera, pero estaba pensando en los viejos tiempos, en la apremiante necesidad de economizar ahora que el niño estaba al caer, en la irreparable pérdida de los centavos mal empleados. Cuando el taxímetro marcó dos dólares, mi padre lanzó un gemido de dolor y movió la cabeza.” 

Y llegan a casa. Y empieza la estancia de papá Fante que va a compartir con su hijo y con su nuera la últimas semanas de dulce espera y la llegada del deseado nieto. Hay pasajes divertidísimos sobre falsas alarmas de parto, sobre la convivencia temporal entre padre e hijo y sobre la acción de acoso y derribo de padre y esposa al pobre John, que va a poner a prueba su nivel de paciencia para soportar a un padre acusador y a una mujer en tránsito desde el embarazo a la maternidad pasando por la conversión religiosa. Capítulo en el que juega un papel determinante y cómico el padre Gondalfo, consejero espiritual de Joyce. Todos se meten con John, lo ningunean y le amargan la existencia hasta humillarlo, hasta hacerlo sentir inútil y frustrado. ¿Por qué? Probablemente por no vivir como el padre, la mujer y el sacerdote piensan que hay que vivir.

“-Cuando nazca el niño, te vendrás con mamá y conmigo -dijo con voz tranquilizadora. Abandona a este sujeto. Sólo trae problemas. Debería mandarlo al reformatorio.” 

Al final, el niño nace, pero el abuelo Fante no arregla el suelo de la cocina. Porque no le da la gana. A cambio, construye una chimenea gigante con losas de Arizona, muy apropiada para los inviernos de Los Ángeles y vuelve a casa con su mujer. Vuelve la normalidad a casa de todos los Fante. Con un abrazo, de despedida tan tierno como un padre cáustico y duro es capaz de dar a un hijo que creía tener la vida encarrilada. Sin reproches. Con lágrimas.

Pasa que en ocasiones somatizo los libros y con este he pensado en los padres de muchos jóvenes y no tan jóvenes. Padres de gente que creía tener la vida encarrilada y que han desacarrilado. Padres de personas que no consiguen poner en marcha sus vidas y que siguen en la estación. Parados o con pocas salidas previstas. Por ejemplo, me acuerdo de los padres de los 11.145 periodistas que según la FAPE han perdido su trabajo en el último año. O de los padres de todos los que hemos recibido un burofax. Están ahí. Para zarandearte anímicamente si estás por los suelos. Para meterte una bronca terapéutica. Para ayudarte a reparar el suelo o construirte una chimenea si hace falta. Y aunque deberían estar ‘en tranquila soledad, escuchando la radio’, la vida les ha traído a estas alturas, temores y preocupaciones que no tocaban.

PD. Sí, yo he somatizado el libro, pero vosotros tenéis que ir ya a comprarlo y leerlo sin falta. Carcajadas garantizadas. Tiernamente desternillante.

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